Hace poco escribí un post que auguraba la desaparición de los medios escritos si las empresas editoriales se empeñaban en mantener su obsoleto modelo de negocio. Una semana después, el destino me guardaba una fuerte bofetada en Alemania.
Pocos placeres hay tan grandes para un lector de revistas como visitar la tienda de prensa de una gran estación de tren en el teutón país. Allí uno se encuentra, por ejemplo, con que existen más de 10 cabeceras dedicadas al extremo arte del tatuaje, 7 revistas centradas en temáticas tan peregrinas como los tractores o más de 15 publicaciones especializadas en automóviles clásicos. Si tocamos temáticas como decoración, jardinería, cocina, tendencias, etc., el número de cabeceras se dispara hacia las docenas. En resumen: dudo que un kiosco callejero español pudiese albergar siquiera el número total de cabeceras dedicadas en Alemania únicamente a la automoción.
Estas tiendas de estación son paraísos editoriales que echan por tierra mis agoreras opiniones sobre el futuro de la prensa escrita. ¿Motivo para la esperanza? En ningún caso. La situación es infinitamente peor de lo que pensaba.
Una de las razones de la fidelidad al papel de los alemanes puede ser que la población germana no se ha visto tan afectada por el deslumbramiento tecnológico del que somos víctimas en España, tal como indica el Observatorio eCultures Europe desarrollado por la empresa G2.
Pero no me vale, ya que los índices de adopción tecnológica no justifican en ningún caso la histórica diferencia entre el número de cabeceras que existen en ambos países. ¿Cuándo hubo en España una sola revista sobre tractores que se vendiese en kioscos? Yo, desde luego, no la recuerdo.
La preocupante interpretación que me ha surgido es que España es un país en el que la diversidad de intereses y aficiones no tiene cabida o, por lo menos, no es rentable para quienes informan sobre ellas.
Si en Alemania se venden muchas revistas de tatuajes, debe de ser que por allí vive una gran cantidad de personas interesadas en dichos menesteres. Si la edición de revistas de tractores constituye un negocio rentable, intuyo que será porque habrá agricultores tudescos que se tomen lo suficientemente en serio su trabajo como para adquirirlas. Puede que no sea por eso. ¿Será simplemente que hay mucho friki de las carreras de tractores?
El motivo me da igual. El caso es que esos medios se venden. ¿Por qué? Porque hay personas interesadas en determinados temas, ya sea a nivel personal o profesional. Personas que se toman la molestia de adquirir una publicación a un precio asequible en relación a la pasión o motivación que genera dicha temática.
¿En España qué motivaciones, intereses, aspiraciones tenemos?
…el fútbol.
¿Somos, a pesar del mito, un país sin pasiones? ¿No tenemos aficiones más allá del balompié? ¡Sí, la Fórmula 1! Disculpe, padre.
A lo mejor es que en España no disponemos de tiempo para poder dedicárselo a las aficiones. Es posible. En Alemania se mira con malos ojos a aquellos trabajadores que prolongan su estancia en la oficina más allá de la hora de salida (sobre las 4 o las 5 de la tarde). Los que lo hacen caen bajo la sospecha de ser poco productivos. ¡Claro, con horas de salida como esas sí que da tiempo a cultivar una afición! Pero es que en España, los que tienen trabajo deben echar muchas horas para contentar a su jefe, que aún cree que número de horas y productividad son conceptos relacionados. Y, cómo no, saliendo a horas españolas, ya no hay quién pueda labrarse una afición decente, salvo la de entrenador de bar…
El caso es que una población sin aficiones me parece un problema mucho más global y grave que la crisis de un único sector productivo, como es el de los medios escritos. Particularmente, me resulta descorazonador y desesperanzador.
Así que a ver si en este 2013 todos somos capaces de rescatar y empujar esa afición que siempre hemos tenido pero hemos debido acallar por circunstancias de la vida. Nos puede ayudar a nivel particular y posiblemente también al mundo editorial.
Stephan Fuetterer





