“Mis mayores competidores tienen ahora 8 años”. Estas sabias palabras las repite mi jefe cada vez que tiene ocasión, y no puedo estar más de acuerdo con él (sin que sirva de precedente, claro J) . Dentro de 20 años nosotros seguiremos en activo pero compitiendo con chicos y chicas de 28 años, a los que les corre la tecnología, internet y lo social por las venas.
Todos los que somos padres nos hemos maravillado alguna vez con la capacidad tan brutal que tienen nuestros hijos para asimilar la tecnología de manera natural y ¡es normal! Ellos viven inmersos en una sociedad totalmente digital, donde sus elementos más cotidianos están relacionados con la tecnología. De manera instintiva, mi hijo coge un iPad y pasa su dedito por aquí y por allá hasta que llega a donde quiere, usa las pantallas táctiles de los móviles con habilidad hasta llegar al teléfono de la abuela ¡y la llama!, o pone y quita la PlayStation o el disco duro conectados a la televisión para ver los dibujos que quiere en cada momento ¡usando 3 mandos diferentes! Lo sorprendente de esta historia es que tiene ¡¡¡3 años!!! ¿Hasta dónde llegaremos? Puede que hasta aquí.
Sin embargo, nosotros crecimos con el vídeo Beta (quien lo tenía, claro) y con los vinilos de nuestros padres, que por supuesto no podíamos poner a nuestro antojo porque aquellas agujas del tocadiscos eran muy delicadas ¡¡¡y muy caras!!!. Todavía recuerdo la enciclopedia de BASIC que nos compró mi padre y puedo escucharle diciendo: “hijos, éste es el futuro…” El hombre no iba desencaminado, pero me alegro de no haberle quitado el plástico a toda la colección, porque al final me defiendo bastante bien sin haberme leído aquellos 20 tomos que ahora se acumulan descoloridos en una estantería en la terraza de la casa de mi madre.
Os digo más, mi primera relación con un ordenador pudo producirse perfectamente cuando tenía en torno a 20 años, cuando en la facultad nos pedían los trabajos “a ordenador”, y nosotros nos indignábamos porque en la biblioteca sólo había tres equipos con una larga lista de espera…
Imaginad lo que ha supuesto para mi generación, y las anteriores, no sólo asimilar la informática, la relación diaria con un ordenador, y ya ni os cuento internet y el 2.0, en nuestro día a día. Pero lo más interesante es ver cómo ahora nuestra vida, tanto laboral como personal, se nos hace inviable sin la tecnología.
La moraleja de todo esto es que ninguna industria ha evolucionado tanto en tan poco tiempo y el poco margen que tenemos para “dormirnos en los laureles” todos aquellos que nos dedicamos a la comunicación, el marketing o la publicidad (y supongo que en muchos otros sectores, pero a cada uno le duele lo que le afecta, ¿no?). Ese hecho, en sí mismo, es apasionante, pero también da vértigo… ¿No creéis?
Begoña González



