Una vez más, Coca-Cola nos ha vuelto a sorprender con su última campaña de publicidad. Esta vez, ha sido haciendo una bonita oda a uno de los lugares más emblemáticos de la cultura española: los bares. En su intento de redescubrir la que dicen ser la mayor red social de España, la compañía de bebidas más famosa del mundo nos recuerda los buenos momentos que todos hemos pasado alguna vez en un bar así como el hecho de que, en este país, somos muy fans de pasar tiempo con los nuestros con una cervecita o cafetito en la mano.
Sin ánimo de obviar la calidad de la campaña, me quedo con un concepto: los bares son la red social más grande de España. Esta afirmación me ha generado algunos interrogantes sobre los que no me había parado a pensar en profundidad hasta ahora: ¿son las redes sociales un ejemplo de cómo las personas nos relacionamos en la vida real? ¿Somos iguales cuando tuiteamos que cuando conversamos en un bar?
Antes de entrar en harina, me viene a la cabeza un interesante estudio (algo añejo) sobre cómo nos comportamos los usuarios en los mundos virtuales. Aunque centrado en la olvidada Second Life, aquí se apunta que existen cuatro factores clave que determinan la manera de relacionarnos en internet:
- El anonimato (opcional): la opción de actuar con una identidad falsa.
- La intimidad: nos relacionamos con otros usuarios, pero casi siempre lo hacemos desde nuestras habitaciones, salones, etc., en un entorno privado.
- La imaginación: en muchas ocasiones conversamos con usuarios que no conocemos o que conocemos parcialmente. Si la impresión que tenemos de un usuario es buena o mala, tendemos a exagerar la imagen completa de esa persona.
- La desinhibición (o la inhibición): todos los elementos anteriores nos llevan a tener un comportamiento diferente, haciendo y diciendo cosas que no haríamos en la vida real para bien o para mal.
En redes sociales, me atrevería a decir que existe una cantidad ingente de usuarios entre los que se aplican los cuatro factores que acabamos de citar. Muchos de ellos no utilizan su nombre e imagen real y otros muchos emplean su nombre, pero en su imagen de perfil no usan su rostro o no son identificables de forma deliberada para poder publicar lo que se les venga en gana. Casi todos usuarios lo hacen desde un entorno privado y desconocen o conocen muy parcialmente a los usuarios con los que dialogan. ¿Resultado? Trending topics alucinógenos, miles de mensajes surrealistas (y a menudo barbáricos) publicados cada día y centenares, sino miles de usuarios que, a mayores publicaciones tróspidas, mayor número de followers.
Por otro lado, nos encontramos con los usuarios que sí se ponen cara al relacionarse en los medios sociales y que se comunican con personas que conocen bien o que también le ponen nombre y cara a sus perfiles en estas plataformas. Para ellos, el anonimato puro no aplica, aunque no sean conocidos dentro de una comunidad, y éste es un factor que creo clave para determinar nuestro comportamiento en internet. Estrechamente ligado a esto, existe otro elemento fundamental: la permanencia de los mensajes que escribimos. Todo lo que publicamos en internet se queda ahí, incluso posiciona en buscadores. Este hecho a veces puede funcionar como freno para que muchos no se expresen con naturalidad: escribir las cosas no es lo mismo que decirlas (aunque para los tróspidos que definíamos antes este hecho es casi mejor, porque así más gente les seguirá cada día y seguirán siendo favstars una y otra vez).
Pero ¿qué ocurriría si las redes sociales fueran efímeras?
En un mundo paralelo donde las redes sociales fueran efímeras, los mensajes no tendrían permanencia, lo que escribiésemos desaparecería pasado un determinado periodo de tiempo (¿10 minutos, por ejemplo?). Además, no existiría el actual establishment que hace que los usuarios que llevan la voz cantante en ciertas comunidades online “tapen” a aquellos que acaban de llegar pero que igualmente tienen cosas interesantes y geniales que contar. Cada día que accediésemos en una red social no seríamos “nadie”, ni siquiera cuando hubiéramos conseguido el día anterior que 500 personas nos siguieran (estoy segura de que algunos se tirarían por un puente al ver cómo su valioso Klout se esfuma en cuestión de horas). ¿Qué pasaría, pues, con las tan ansiadas métricas de afiliación e influencia? ¿Qué utilizaríamos para medir lo bien o mal que lo hacemos en una red social concreta?
La vanidad desencadenada por el exceso de atención en redes sociales mermaría, y favstars, gurús o pseudo gurús tendrían que demostrar en cada tuit o post que merece la pena leerles (éste sería un ejercicio interesante
). Muchos cambiarían su manera de comportarse en internet, y otros ni siquiera estarían interesados en participar en este tipo de redes sociales, ¿o sí? Por imaginar que no quede…
Sara Martín
@_SaraMP_